Que mejor momento para daros la bienvenida que ahora que ha llegado la primavera, ya estan todos los naranjos en flor y  cada rincón de Sevilla  oliendo a azahar.

Comenzamos nuestra andadura con un artículo de Antonio Burgos que publicó en El Mundo Andalucía con el título ” Un chute de Azahar”.

Espero que os guste !!!

El Recuadro    El Mundo de Andalucía, viernes 12 de marzo de 1999

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Un chute de azahar

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La calle Sierpes, imagen universal de Sevilla Concha es sevillana. Es profesora de Historia del Arte. Vive en Estados Unidos. En el Estado de Georgia, siempre el Sur de los andaluces. No lejos del lugar donde el poeta Manuel Mantero tiene una casa con muchos libros, muchos recuerdos de Sevilla y unos acres de pinos y olmos que le recuerdan a veces el paisaje de una infancia en la Cárcava de Sanlúcar la Mayor. Concha me lee todos los días por Internet. Concha, muchas noches, me escribe preguntándome cosas de Sevilla. Me pregunta por el Giraldillo nuevo. Me pregunta por viejos profesores de aquella nuestra Facultad de Letras del patio de pilistras y silencios del Laboratorio de Arte. Me pregunta por las lejanas calles queridas, por Sierpes, por la Plaza.

Y le voy contando a Concha las nuevas de Sevilla, que es como escribir la crónica de la cernudiana desolación de la quimera, o como poner por correo electrónico días irrecuperables de los años irreparables de Rafael Montesinos, o como entrarse por la puerta del país de la esperanza en la tierra de las Esperanzas. En el fondo, todos vivimos tan lejos de Sevilla como Concha. Sevilla es cada día, para todos, en todos los tiempos, una ciudad que se aleja, otra ciudad que viene. Bécquer, una vez que volvió, se preguntó por qué habían desaparecido tantas cosas y para qué habían aparecido otras. Siempre estamos haciéndonos las preguntas de Bécquer. Ciudad presocrática de la parte del todo fluye río abajo y nada permanece sobre las veletas de las espadañas, esa cigüeña de San Blas no es aquella cigüeña de San Blas en la vieja Fábrica de Artillería.

Leyendo los mensajes de Concha me adentro por las sierpes y siete revueltas de las nostalgias de Sevilla, de los futuros de Sevilla. Pienso que en esta ciudad cambiante, el rito cumple una función de piedra fundacional, de cimiento de la memoria colectiva. El gozo de las vísperas de la Semana Santa es la certeza de que es preciso que algo no cambie para que todo permanezca. Sabemos que llegará el Domingo de Ramos con la misma luz de siempre, con los mismos estrenos de siempre, con los mismos sonidos de siempre. Esos mismos sonidos tradicionales de Sevilla, que han sido recogidos en un disco, son una maroma del lanchón de la cucaña de la Velá de Santana que nos amarran al muelle del río que nos lleva, noray de bronce antiguo de campana que sonará con el sonido de siempre cuando las calles se llenen de sillas y los balcones de palmas nuevas.

Es la seguridad del azahar. Este azahar que dentro de unos días oleremos, si es que por algunos secretos jardines no se está ya oliendo, es el mismo azahar que olieron nuestros padres, en primaveras de noviazgo que tenían tres colores: rojo, amarillo y morado. El mismo azahar que trasminaba desde el patio en casa de la abuela, entre aquellos ceniceros chilenos de cobre de la juventud vivida en la Exposición Iberoamericana. La memoria de una ciudad puede estar en el olor de una flor. Las memorias de sus hombres pueden escribirse en las ramas blancas de unos árboles.

Y por eso Concha, cuando llegan estas fechas, en su casa americana de Georgia, sube a un secreto rincón del soberado donde hay cajas de fotos con primeros vestidos de nazareno y amigas de flamenca. Su sangre es sevillana, y no hay lejanías que remansen el recuerdo. Allí, en el cuarto de los chismes, Concha tiene una botella azul y alargada, de nervios de mañanas de exámenes. Concha abre la botella, la huele. Dice que tiene que darse un chute de azahar. En la casa americana de Concha, a estas horas el recuerdo de olor del agua de azahar habrá proclamado ya la primavera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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